lunes, 28 de marzo de 2011

El Golpe de las Élites. Por Víctor Meza

Cuando la periodista Av Sissel Henriksen, del diario noruego Klassekampen, desplegó ante mi los numerosos recortes de prensa que le servirían de apoyo en la entrevista que se disponía a grabar, destacó entre todos ellos uno que llamó inmediatamente mi atención. Era un reportaje publicado el recién pasado 28 de junio con motivo del primer aniversario del golpe de Estado en Honduras, titulado de una manera precisa y admirable: El golpe de las élites.

Me encontraba en Oslo, en cuya universidad debía servir un ciclo de conferencias sobre la crisis política hondureña y su impacto en la región y en América latina en general, cuando fui requerido para ofrecer una entrevista al diario mencionado. Mi encuentro con la periodista se tradujo posteriormente en una amplia crónica sobre el golpe de Estado en Honduras, aparecida en las páginas centrales del diario el día 30 de septiembre, justo en la fecha en que se produjo el fallido golpe de Estado en Ecuador.

El titular que llamó mi atención me llevó a reflexionar un poco más sobre la verdadera naturaleza del golpe de Estado que interrumpió el proceso de consolidación democrática en Honduras y dio al traste con buena parte de la institucionalidad estatal del país. En realidad, más que un golpe típicamente militar, al viejo estilo de los golpes de Estado de las décadas sesenta y setenta del siglo pasado en América Latina, el del 28 de junio – el fatídico 28J ‐ en Honduras fue un golpe urdido, patrocinado y usufructuado directamente por las élites políticas y empresariales, ayudadas muy de cerca, sin duda, por líderes religiosos fundamentalistas, inescrupulosos dueños de medios de comunicación y militares solícitos que se prestaron, entre entusiastas y ambiciosos, al peligroso juego de la ruptura constitucional.

Los militares actuaron como un simple instrumento de las élites, debidamente estimulados y aupados, para cumplir una misión diseñada y ordenada por éstas. Por supuesto, su participación ni fue gratuita ni simplemente coyuntural. Obtuvieron sus beneficios, ya sea recuperando viejas cuotas perdidas de poder, adquiriendo otras nuevas o ampliando las que habían logrado conservar a lo largo de los años de la transición política hacia la democracia. Salieron beneficiados pero no se quedaron administrando el Estado. Para eso, las élites contaban con sus peones políticos, individuos como Roberto Micheletti, caudillos conservadores de corto alcance, personajes y personajillos sin escrúpulos, carentes de proyecto político alguno pero con el apetito suficiente para tragarse las finanzas del Estado. Señores y señoritos, damiselas de aristocracia marchita, “notables” de pacotilla, beatos seniles y uno que otro demente convertido de pronto en estratega político.

Es importante establecer con claridad las características que vuelven original y diferente al golpe de las élites del 28J. Sólo así será posible diseñar una estrategia política adecuada y pertinente para revertir sus efectos, restaurar la institucionalidad democrática y aprovechar positivamente todo el caudal político desencadenado con el movimiento de resistencia contra el golpe de Estado. La comprensión cabal de su naturaleza nos ayudará a ser más precisos y divagar menos en cuanto a sus efectos, su trascendencia y sus perspectivas. O sea, nos permitirá contar con mejores instrumentos de análisis y herramientas más apropiadas para generar el debate de altura que la situación requiere y demanda.

A veces, durante los meses inmediatos al golpe de Estado, pero sobre todo en los meses posteriores, tuvimos la impresión de que el país había producido más historia de la que era capaz
1de consumir. Winston Churchill solía decir eso sobre los Balcanes y, a juzgar por los hechos históricos, debe concluirse en que tenía la razón. En el caso nuestro, las dinámicas sociales generadas en torno al golpe de Estado, antes y después del 28J, han sido tan intensas, ricas en contenido, saturadas de diversidad, cargadas de pluralismo, innovación, creatividad y movilización, que, al parecer, han dejado atrás a muchos de sus dirigentes y han superado con creces la imaginación y los esfuerzos interpretativos de muchos de sus reales o presuntos intérpretes. Es la vieja historia de la masa y su movilidad creadora, su gelatinosa capacidad para adecuarse a las coyunturas y sobreponerse a las barreras que le suelen poner la rigidez y el anquilosamiento de las ideas. Es la dinámica de la libertad que se conquista en las calles, el aire nuevo, la frescura ideológica de las nuevas generaciones, libres afortunadamente de las viejas camisas de fuerza del dogmatismo ideológico y la ortodoxia gris.

Sobre todas estas cosas meditaba en Oslo, cuando escuchaba las preguntas y comentarios de los asistentes a las conferencias. Era admirable comprobar el genuino interés de los jóvenes nórdicos por lo que había sucedido y sigue sucediendo en la lejana Honduras, en un país remoto en donde un grupo de empresarios y políticos, auxiliados por cabecillas religiosos y militares mercenarios se lanzaron a la loca aventura de organizar y ejecutar un golpe de Estado al finalizar la primera década del siglo XXI. Sumidos en una especie de demencia grupal, los golpistas, debidamente articulados en torno a los intereses de las élites, hicieron retroceder al país y lo hundieron de nuevo en el caos, la angustia y el temor colectivo. Todo ello lucía tan irracional e inexplicable para los jóvenes nórdicos que, con atención e interés estimulantes, escuchaban las explicaciones y descripciones sobre el golpe de las élites en Honduras.

Es bueno reflexionar sobre estas cosas y, sin aspavientos ni descalificaciones sectarias, abrir un debate amplio y enriquecedor sobre el golpe de Estado del 28J, sus lecciones, sus consecuencias y repercusión en la sociedad hondureña.

A propósito de Lobos y Lobystas. Por Víctor Meza

Fue en 1982, Veníamos de Europa, luego de una intensa gira de reuniones que habían incluido al entonces todavía candidato presidencial del Partido Obrero Socialista Español (PSOE) y, cinco meses después, primer presidente socialista de España desde la guerra civil, Felipe González, cuando Edén Pastora, el célebre por legendario “Comandante Cero”, y yo, visitamos Washington. Entonces conocí, por primera vez, a un “lobysta”. Un personaje interesante, culto, bien formado y presentado. Una mezcla de dandy ilustrado y cosmopolita agradable. Bien relacionado, mejor conectado con los principales resortes del poder en la capital norteamericana. Se presentaba – y, de alguna manera, lo era – como un resorte elegante e indispensable entre el solicitante de favores políticos y el hombre o mujer poderosos que estaban en capacidad de concederlos o facilitarlos. Sus servicios eran caros o, al menos, así nos lucieron. Edén, hombre de controles estrictos y visión rígida con respecto a los gastos cotidianos, rechazó de inmediato las pretensiones pecuniarias del lobysta. “ Es muy caro, nos dijo, podríamos lograr lo mismo por otros medios y a menor precio”. Tenía y no tenía razón. Por el mismo precio se lograba el mismo contacto, pero no el mismo tiempo ni la misma calidad de la entrevista. El lobysmo,- lo aprendí entonces – es un arte, más complicado y delicioso de lo que a simple vista parece. Es una ciencia, sin dejar, por ello, de ser un arte.

Cuando comenzaron las negociaciones en Tegucigalpa, en el último piso del hotel, en torno al llamado Diálogo Guaymuras, que luego concluyeron en el Acuerdo Tegucigalpa/San Jose, acabé de descubrir el verdadero sentido del rol que desempeñan los señores “lobystas”. En el segundo piso del hotel en donde nos reuníamos las dos comisiones negociadoras, la del gobernante usurpador Roberto Micheletti y la del presidente Manuel Zelaya, se alojaban y habían montado una oficina especial los consejeros y lobystas norteamericanos del gobierno de facto. Hasta ahí bajaban, con ignominiosa frecuencia, los negociadores del gobernante golpista. Consultaban con los lobystas gringos sus “estrategias”, sus pasos a dar, sus respuestas a la prensa, sus actitudes y gestos, todo, absolutamente todo. Era, realmente, vergonzoso. Y, además, algunos de ellos (los negociadores), al parecer, cobraban honorarios como si se tratase de abogados y clientes, empleados y patrones, en donde unos prestan sus servicios y otros pagan por ellos, Lo que no fue obstáculo para que, meses después, algunos recibieran condecoraciones como si hubiesen sido fieles y heróicos servidores de la patria. Vaya charlatanería, tan grotesca como ofensiva y, a la vez, tan necesaria de ser conocida y divulgada entre la población entera.

Pero, así son las cosas en ese mundo laberíntico de las negociaciones y los cabildeos locales e internacionales. Así son los hechos en las relaciones con los cabilderos profesionales. El gobierno actual, aconsejado por diplomáticos de la vieja escuela, sin duda, acaba de contratar los onerosos servicios del señor Lanny Davis, un antiguo y habilidoso lobysta de Washington, que sabe combinar su condición de ex compañero estudiantil de la señora Hilary Clinton con la ingenuidad provinciana de clientes subdesarrollados en el patético tercer mundo. No ha vacilado, el señor Davis, de prestar sus servicios al dictador de Costa de Marfil, en África, como no vaciló en ofrecérselos y dárselos a ese tiranillo de opereta que se llama Roberto Micheletti. A ambos les sacodinero, a los dos les ha exprimido el jugo y, a todos, incluido don Porfirio Lobo, sin duda, les ha tomado el pelo, incluyendo tontos embajadores, supuestos líderes políticos, declarados artífices de soluciones imposibles y, por desgracia, también a presidentes electos con “la mayor suma de votos” en “las elecciones menos votadas”. Vaya paradoja y vaya ironía de la reciente historia de este desventurado país!